domingo, 30 de abril de 2017

AL RESPECTO DE LA PROPUESTA DE LA LEY NARANJA EN EL CONGRESO

El debate sobre las estrategias de modernización y mercantilización de la cultura
Esta Ley, hay que entenderla dentro del contexto de las dinámicas globales y la consolidación de las estrategias del capitalismo para integrar plenamente a los circuitos de acumulación, sectores tradicionalmente tratados marginalmente (culturas locales, vernaculares, etc).
No quiero parecer alarmista. Pero mientras persistan las debilidades propias de las instituciones regionales y locales (gobernantes proclives a la corrupción) y débiles representaciones y organizaciones gremiales, la posibilidad de perder el control del territorio se proyecta como un escenario de altas probabilidades de ocurrencia.
Aunque en apariencia representa un avance y una oportunidad para el desarrollo en niveles locales y regionales y su incorporación a las dinámicas de internacionalización económica, no se debe olvidar que de manera simultánea, abre la puerta a la incorporación de capitales y formas corporativas de gestión de inversión externa, que apalancados en su mayor fortaleza financiera y nivel avanzado de modernización, conlleva riesgos para la privatización y desterritorialización de patrimonio cultural local.
Ya ha venido sucediendo con el patrimonio natural y cultural, como es el caso los parques naturales entregados a la operación de grupos económicos influyentes y que se destinan a su incorporación a redes internacionales de turismo con el efecto de excluir de manera vergonzosa de las posibilidades de acceso a las poblaciones nativas y comunidades ancestrales.
Por eso, la defensa del territorio U´wa no es una acción casual, sino una acción valiente de resistencia frente a los embates e intereses mercantilistas promovidos desde las políticas nacionales (orientadas por estrategias neoliberales) con la ingenuidad complaciente de gobernantes y comunidades locales obnubiladas con espejismos de exigua inversión coyuntural e impacto marginal y de corto plazo.
EN RESPUESTA A LA CONVOCATORIA A LA FORMULACION DE UNA POLÍTICA CULTURAL
EN BOYACÁ

Me hubiera gustado participar en este foro pero por razones de oficio no podré hacerlo.

Por otra parte, aunque aplaudo el interés y entusiasmo de los amigos y promotores de esta reunión, creo que están apresurando los procesos que conllevan al logro de objetivos significativos en términos sectoriales y sociales. Me explico:

1. No comprendo el afán de formular una política pública departamental para la cultura, cuando en realidad ni siquiera las entidades regionales o locales (incluso la exótica, centralista y elitista institucionalidad nacional - MinCultura) han logrado moldear una forma institucional con capacidad y autonomía frente a los intereses de los grupos políticos y clientelas subsidiarias. No se puede concebir que las instituciones, volubles a los intereses politiqueros sean, por el momento, capaces de orientar, dirigir e impulsar procesos de desarrollo con carácter autónomo y de incidencia concreta en la realidad regional, mientras persistan las fragilidades financieras, organizacionales y de liderazgo que convierten a las regiones en subsidiarias extensiones del poder central y el clientelismo político dominante.

 2. No existe por lo pronto un proceso concreto de conflicto o tensión entre intereses colectivos y acciones de gobierno que permita pensar que la formulación de la política pública opere como un mecanismo de resolución o que si así lo fuera significara un objetivo de la movilización social y en consecuencia, una respuesta efectiva de gobierno a una demanda concreta de carácter reivindicativo como resultado de la presión social estructurada.

Para mí, ni siquiera se ha identificado un problema concreto y estructurado frente al tema cultural en relación con las acciones del gobierno regional; en esencia, el problema de recursos departamentales y locales para la cultura solo es el reflejo de la incapacidad de estas instituciones para asegurar incluso los exiguos recursos que tradicionalmente se ha asignado bajo los términos de la Ley que los obliga a distribuir los recursos que le transfiere la Nación o los de origen propio que bajo los términos legales definidos centralmente se deben comprometer de manera obligatoria.

Otra cosa es que aunque los asignen en el presupuesto anunciando la cobertura de múltiple y difusos proyectos (ni siquiera programas), los encaucen de manera torticera hacia espectáculos musicales (mal llamado festival de la cultura) con exiguo aporte a la cultura y dividendos jugosos para promotores de artistas internacionales.

3. Así las cosas, la formulación de una política regional es ante todo un problema de los gobernantes (su problema, para resolver su incapacidad o para ejercer o responder como autoridad) lo cual por supuesto debe concertar con la comunidad o la población (en términos de los contenidos y los cursos de acción). Pero todo eso, es el producto de un proceso complejo que involucra no solamente problemas de recursos públicos, sino que implica también los provistos por los sistemas productivos, empresas, agentes económicos, productores, consumidores, procesos de intermediación, formación, etc y por supuesto, un debate y análisis profundo en términos de lo cultural.

En consecuencia, es conveniente evitar las salidas fáciles que provienen de respuestas orientadas a contener temporalmente las inquietudes de la población con respuestas normativas poco efectivas y coyunturales.
            

lunes, 16 de abril de 2012

CIUDADES EN TRANSICION


Sería ingenuo negar que la imagen bucólica y parroquial de la Tunja del siglo XX cambió radicalmente. A la par que se satura dramáticamente su desdibujado centro histórico, la ciudad de hoy se expande en extensión y altura ocupando el precariamente urbanizado perímetro de servicios públicos. 

En diez años la población se incrementó en cerca de cuarenta mil nuevos habitantes sin contar otros veinte mil de población flotante. En el periodo se han construido por lo menos setecientos mil metros cuadrados de los cuales el 88 % se destinaron a vivienda. El comercio de grandes superficies se instaló en la ciudad atendiendo una demanda efectiva en expansión, modificando radicalmente el tradicional comercio al detal y abriendo nuevas posibilidades al consumo de los hogares.

Sin embargo, la producción de infraestructuras no ha crecido al ritmo de la población y la demanda de espacio. La congestión del desastroso tráfico vehicular incluso en áreas de reciente desarrollo y  los eventos de colapso del arcaico alcantarillado urbano entre otras situaciones, reflejan el rezago de la ciudad para sostener la creciente demanda de suelo con destino a la edificación de vivienda y otras actividades.

En estas condiciones, la controversia que surge entre promotores inmobiliarios y autoridades locales, más que un problema normativo tiene que ver con un problema de colisión entre limitaciones e intereses:

Por un lado, la actitud preventiva de la administración local que desprovista de políticas y reglamentaciones claras para regular el aprovechamiento máximo del suelo en función de criterios de densidad y oferta de infraestructura, no tiene más opción que invocar la negación de proyectos por incapacidad de proveer en el corto plazo la dotación de servicios y para prevenir temporalmente la agudización de los múltiples conflictos viales.

Por el otro, la pretensión de inversionistas privados estimulados por la oportunidad legítima de aprovechar el ciclo expansivo del mercado inmobiliario en la ciudad. Mercado altamente rentable en tanto atiende segmentos crecientes de demanda relativa de ingresos medio y medio-altos, pero que adicionalmente favorece la especulación con el suelo urbano y estimula como no, la circulación de capitales independientes de las formas legales de financiación que aprovechan las condiciones de desregulación casi plenas derivadas de la débil institucionalidad para la planificación y  el control urbanos.

En estas condiciones, el problema radica en encontrar una estrategia de gestión del desarrollo urbano que concilie los ritmos de la demanda de suelo con la capacidad pública para la producción de infraestructuras. Lo cual requiere sin duda,  una política de desarrollo urbano consistente con el ritmo de la demanda de suelo y por otro lado, mecanismos de gestión y financiación acudiendo a los instrumentos de la Ley 388 de 1997. Políticas que hoy son inexistentes en el anacrónico y bisoño plan de ordenamiento territorial, y ausencia de autoridad y decisión para emplear instrumentos de gestión que permitan financiar la construcción de infraestructuras.

La ciudad debería haber entendido de su reciente experiencia, el costo social y financiero que  implica acudir a onerosos empréstitos comprometidos sin criterio, ni racionalidad, ni transparencia, ni prioridad.

Ahora bien, si la discusión es estética, me declaro  enemigo total del estilo miami-panameño  que inunda el perfil urbano de la ciudad. Estilo que por desgracia, replican nuevas generaciones de proyectistas al servicio de necesidades comerciales de los promotores inmobiliarios. Promotores que saben, que la mejor forma de garantizar el éxito de ventas de sus proyectos, reside en complacer el esnobismo de grupos emergentes de población que han incrementado su capacidad de ingreso ahora incorporados a la economía de la ciudad.
Atractivos que propician estilos de vida afirmados en la ostentación y la exuberancia: jacuzzis, panorámicos, piscinas, gimnasios, etc, que se identifican con las imágenes del excéntrico estilo de vida y las extravagancias propias de “nuevos ricos” que dominan la neo-cultura colombiana.

En últimas, es cuestión de asimilar la transición de una ciudad pequeña a una amorfa urbe que altera no solo su economía sino también su cultura e imaginarios sociales. Y eso es  lo que algunos pretenden llamar progreso. Qué le vamos a hacer.